Maniaco depresivo es el término común y antiguo para el desorden afectivo bipolar.
La clave para un tratamiento con muchos altibajos
Clara, de 27 años, es una mujer de pelo y ojos oscuros. Es arquitecta y se había recibido unos pocos meses antes de verme por segunda vez. Acarreaba un diagnóstico de bipolaridad, que se manifiesta con episodios depresivos con desgano, desmotivación, tristeza, dolores de cabeza, dificultades para concentrarse, aumento y disminución de peso, sueño excesivo y problemas para disfrutar de la sexualidad.
Cada tanto experimentaba episodios hipomaníacos, en los que se volvía hiperproductiva; con poca necesidad de dormir; deseos de emprender varios proyectos a la vez; sensación de no poder parar de pensar; incremento notorio de la frecuencia sexual y, ocasionalmente, abuso de alcohol, marihuana, tabaco, café y ansiolíticos.
Había sido tratada antes por cuatro profesionales (uno de los cuales fui yo) con resultados parciales y frecuentes recaídas. Aunque en general la medicación indicada para estos casos es efectiva, en ella no había tenido el éxito esperado. Sólo se lograba cierta estabilidad con oscilaciones menores del estado de ánimo, pero sin alcanzar la remisión completa de los síntomas.
La segunda vez que acudió a verme, Clara parecía estar transitando un período muy oscuro de la vida. Me dijo que quería dejar la medicación. Le contesté que el camino para eso era largo y difícil, no siempre coronado por el éxito. Le pregunté si estaba dispuesta a intentarlo con un esfuerzo sostenido.
Clara era bastante consciente de sus limitaciones y me sorprendió su respuesta. Después de meditar unos instantes, dijo: "¡Sí!, quiero salir de este punto. ¡Esto es el fondo del abismo! ¿Hay algo peor?... He pensado hasta en suicidarme, pero mis creencias religiosas me lo impiden".
Unos días después, Clara hizo referencia a que no soportaba sus aspectos depresivos y que intentaba eludirlos tensionándose, comiendo o durmiendo, y que también detestaba su euforia, que intentaba acallar embriagándose o fumando. Me pidió que quitase eso de su vida. Le dije que tal vez ésta era la prueba más difícil de superar, que me parecía que esos aspectos eran parte de su mundo personal, que mientras los rechazara estaría dividida, fuera de su centro, como una grúa que intenta extender el brazo más allá de lo que le permite su estabilidad y entonces vuelca o se cae.
Clara me miró horrorizada, como si tuviera que convivir con un monstruo interno. Le pedí que meditase acerca de los aspectos negativos y positivos de sus momentos de desánimo y de exaltación. Ella dijo: "¡Negativos, ciento por ciento! ¿Positivos...? ¿Qué puede tener esto de positivo? Tal vez deba preguntármelo cuando esté maníaca", ironizó.
Algunas semanas después, Clara tuvo un aprendizaje vivencial en un momento de depresión. Pudo diseñar un mausoleo para una cripta familiar de un amigo que se lo había solicitado meses atrás y que ella venía postergando. Se puso contenta cuando su amigo le agradeció; le refirió que tanto el concepto como los detalles del diseño eran exquisitos y que el conjunto inspiraba una gran paz.
Poco después, durante un período de euforia, la joven pudo enfocarse efectivamente en la búsqueda de un trabajo estable, que hasta el momento no tenía. Comenzó a comprender que el tratamiento no consistía sólo en la medicación, acudir a las citas y hablar. Además, ella debía hacer algo.
En nuestro próximo encuentro, aceptó un nuevo desafío que le propuse para su recuperación. Poco a poco, y a través de su esfuerzo personal, fue fortaleciendo su voluntad y pudo dejar de consumir marihuana, alcohol, tabaco y café, que tanto daño le ocasionaban.
Con el tiempo comenzó clases de yoga, de tenis y retomó sus prácticas religiosas. Tibia y lentamente al principio, y después en forma más contundente, fue centrándose y tomando el control de su propio ser, aceptándose tal y como es, profunda e íntimamente.
Un día vino a verme y su semblante me pareció muy nítido y armónico. Le solicité que trajera una foto del año anterior. Cuando lo hizo, le sugerí que fuera hasta el espejo de la antesala y comparase su rostro actual con el de la fotografía. Volvió intrigada y preguntó:
-¿Cuál de las dos no soy yo?
-Usted, ¿qué piensa?
-Esta que está aquí con usted hoy soy yo. -Clara comprendió que estaba venciendo la tempestad, que el valor de enfrentar sus propios temores controlaba ahora el timón de su vida.
Poco tiempo después pudo abandonar los medicamentos y no tuvo recaídas hasta el momento. Hoy es una profesional exitosa, se ha casado y espera su primer hijo.
Por Daniel Patiño

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